VEN, PASA SIN LLAMAR


MENSAJE Y CANCIÓN DE BIENVENIDA AL BLOG
(Pinchar sobre el texto que sigue, para escuchar la canción):
VEN,
PASA SIN LLAMAR
(*) Vídeo de la CANCIÓN: pinchando en cualquier parte del texto de bienvenida anterior (Le puso música y voz: Amador (Dorchy Muñoz) Gracias.


*Las FOTOS que acompañan a las entradas de este Blog has sido tomadas por Ángeles Fernangómez. En algún caso excepcional en que no es así, siempre se especifica el nombre del autor y se cuenta con su autorización.


viernes, 12 de mayo de 2017

EL CEMENTERIO EN LLAMAS


                                                                                                                                                      Foto tomada de Internet


EL CEMENTERIO EN LLAMAS

Subía el alma del muerto ciprés arriba hasta la cima. Abajo quedaba un cuerpo al que siempre detestó.
Se paró en la afilada cumbre del árbol de los muertos y, con esa mirada que solo poseen las almas liberadas, esa mirada sin ojos que todo lo traspasa, observó sus huesos malformados en el interior de la caja dentro de la tumba; su carne aún sin deshacerse, sus manos toscas, su rostro repulsivo y monstruoso suavizado ahora por los párpados cerrados.
Jamás se sintió a gusto en ese cuerpo horrible que le tocó en suerte y que en otras épocas hubiera deambulado de feria en feria sin que nadie recalara en sentimientos. En el mundo del presente en que vivió las apariencias se guardaban, pero no fue capaz de salir de su pequeño entorno ni mirarse a espejo alguno.
Las carcajadas del alma resonaron desde lo alto del ciprés por todo el camposanto. Por fin era libre, se había desprendido de aquella materia como la serpiente se desprende de su piel para la renovación del año. No tenía intención alguna de ocupar más cuerpos por ahora; probablemente jamás volvería a ocuparlos.
Satisfecha, sobrevoló el cementerio a la velocidad del rayo varias veces hasta sentirse rayo. El ciprés por el que había subido hasta las nubes estaba justo a los pies de su tumba. Miró hacia abajo de nuevo. Allí estaba su cuerpo sin vida, ¡sin alma!; observó su vientre abultado por el efecto de las últimas pastillas, ese cuerpo que ya no, pero que le había tenido atrapado durante más de setenta años en las mediciones de la Tierra, aunque quizá un segundo de eternidad tan solo… De repente, sintió el deseo de fulminarlo, de no dejar reconocible ni un rastro, de que no quedara nada, ni un recuerdo material de lo que fue.
    Tomó conciencia de la distancia y volvió a sentirse rayo, a serlo, ser ¡rayo!… y sobrevoló como el vértigo las copas de los cipreses. Con un instinto casi humano, golpeó con fuerza al que estaba a los pies de su tumba, el más alto y más longevo. Provocó con ello un estallido de fuego que se extendió por las ramas con el choque, el viento hizo que saltaran las llamas de uno en otro de los árboles, ardían como enormes cirios convirtiendo el cementerio en el infierno de Dante. El mármol de las cruces se calentaba, agrietaba y rompía. La noche se hizo luz de fuego en el valle de los muertos. El alma-rayo impactó en la tumba de su antiguo cuerpo haciendo añicos la lápida y todos sus contornos, el calor y las llamas envolvieron la caja de madera devorándola en segundos. Todo fue color de fuego en un instante.
El resto, ya solo fue cumplirse los deseos del alma y deshacerse para siempre de recuerdos.

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Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto )

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